Aunque el día anterior ya dimos una pequeña vuelta por la ciudad, no pudimos disfrutarla hasta este día, cuando pudimos entrar en las iglesias que salpican la ciudad y maravillarnos con los coloridos mosaicos que se conservan, perfectos y desnudos, en los techos.
Nos quedamos muy impresionados con el retrato de un cristianismo naciente (estamos hablando de los siglos IV y V) y de las imágenes de alegría y celebración de los ritos aún jóvenes. Jesús había vivido apenas poco antes para traer al mundo una luz de salvación, los mártires contaban historias de valentía y heroísmo, los apóstoles, santos y evangelistas son seres de alegría, renovación y color. Como ejemplo, la basílica de la muy cercana Classe muestra en el ábside a un Santa Apolinare con los brazos abiertos, en un prado verde de pájaros, pinos, ovejas como el rebaño de Dios bajo un cielo azul estrellado en el que Jesús observa y aprueba.
Muy diferente de las iglesias más modernas, ¿verdad? En las iglesias y basílicas de Rávena hemos visto capillas, batisterios, columnatas y ábsides con imágenes de cielos estrellados, de animales, de naturaleza y figuras de santos, obispos e incluso emperadores, cercanos, humanos, reconocibles. Alrededor de diez iglesias son Patrimonio de la Humanidad.
Además Rávena es una ciudad tranquila, como otras tantas en Italia, cerrada al tráfico en su casco antiguo, lo que permite disfrutar y pasear sin prisas, desde el mausoleo de Dante hasta la iglesia más pequeña. La artesanía, por supuesto, se centra en los mosaicos. No pudimos resistirnos y nos trajimos una copia del cielo dorado de una pequeña capilla de oración junto a la catedral, repleta de pájaros.
Rávena nos supuso un refrescante cambio frente a las ciudades renacentistas y medievales que habíamos visto hasta ese momento. A media tarde nos despedimos hacia Ferrara, nuestro próximo destino de camino a Venecia.
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