Como introducción y siguiendo el ejemplo de algunas intrascendentes charlas, hablaré del tiempo. Estamos pasando un calor tremendo. Desde luego que vamos prevenidos; llevamos botellas de agua y paramos frecuentemente, pero el calor no nos lo quita nadie. Sudamos como cosacos, si es que los cosacos sudan. Sudamos como polos helados puestos sobre una sartén. La ventaja es que nunca se nos caen los planos pues se quedan pegados a las manos. No voy a comentar las desventajas porque llenarían varios blogs.
En fin, descansamos tranquilamente en Vicenza y su cómodo hotel para, por la mañana, realizar una de las rutas, la Paladina por supuesto en honor a Andrea Palladio, siguiendo las indicaciones de una audioguía por mp3 que alquilamos en la oficina de turismo. Como esperábamos, no nos aportó demasiado, yo no llegué a comprender porqué la Unesco ha protegido a tantos de estos edificios cuando en nuestro pais tenemos otros tantos igualitos y sin protección alguna. Los motivos de la ONU son inestructables. La gran pena, que por ser lunes todos los museos y edificios estaban cerrados al público.
Invertimos el resto del dia a desplazarnos a Sirmione, a orillas del lago Garda, donde tuvimos un primer contacto con los lagos del norte de Italia. Primera; no tienen playas, si acaso, playas de piedrecitas. Segunda; hay muchos, muchísimos turistas en verano. Tercera; todo terreno en contacto con el agua está ocupado bien por hoteles, bien por embarcaderos, bien por campings, ciudades, plantas y patos. Acostumbrados al espacio costero en nuestra Málaga natal, dudamos que los lagos nos lleguen a emocionar mucho.
Recorrimos la península de Sirmione, con su castillo medieval, y pasamos una buena velada nocturna escuchando un concierto de música de un colegio inglés capeando la humedad y el calor con movimientos suaves y pausados.
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