Hoy dejamos Venecia. No nos resultó triste pues la hemos disfrutado hasta el final. Pero la verdad es que nos hubiera gustado quedarnos más días, una semana, un mes.
Dedicamos el dia a pasear (cómo no!) pero también a localizar algunos recuerdos. Lo cual no es una tarea sencilla, dada la gran cantidad de tiendas y de regalos disponibles. Lo más recurrente; las máscaras, aunque es difícil encontrar una tienda de artesanía propia en la que ellos mismos creen el molde primero y lo pinten después. A Lurdes le gustó el modelo de médico, que es una máscara blanca con una larga nariz. Al parecer, durante el tiempo de peste, los médicos la utilizaban para evitar el contagio. En el hueco dentro de la larga nariz introducían un pañuelo mojado en vinagre con la creencia de que este remedio impediría la transmisión de la enfermedad.
A mí me gustó el modelo Casanova, con la parte de la mandíbula separada del resto de la cara. Cuando me pongo una máscara parezco el hombre lobo. porque al taparme la cara, sólo se ve el pelo y la barba, dando la impresion de que lo que esconde la careta también es pelo. Jeje.
Otro recuerdo de Venecia son los cristales de Murano. Ayer no pudimos comprar nada en la isla porque cuando llegamos ya estaba cerrada, pero en Venecia hay muchísimas tiendas con este famoso cristal. Hemos añadido algunas flores de cristal a nuestra colección particular, tal vez suficientes para hacer un pequeno ramo transparente y colorido.
En fin, que entretenidos con los paseos y las compras se nos fue la mañana. Volvimos al aparcamiento de Tronchetto, donde nos llevamos un pequeño susto -no encontrabamos el coche, jeje- y salimos disparados.
Nuestro siguiente destino es Vicenza, ciudad romana, medieval y renacentista, bendecida (segun la Unesco) por la presencia impalpable del arquitecto Andrea Palladio. Este buen hombre diseñó y emprendió la reforma de la ciudad siguiendo los dictados de los cánones renacentistas, y ha dejado para la posteridad numerosos edificios de corte clásico; lease, altas columnas, estatuas pseudogriegas, fachadas al estilo de los antiguos templos. Paseamos un poco por la ciudad a media tarde, con el inevitable helado en las manos -a los italianos les encantan, no paran de comerlos-, descansando en la tranquila ciudad después del ajetreo y bullicio de Venecia. Por la noche, cenamos en un buen restaurante y nos vimos arrastrados hasta un bar, donde sudamos por lo menos la mitad del agua de nuestros cuerpos viendo la final de fútbol de España. Afortunadamente, en el bar todos estaban a favor de nuestro país, y además todo terminó como ya sabemos. Después de este suceso y en adelante, cada vez que nos identificamos en alguna parte, siempre encontramos a un italiano que nos felicita por la victoria.
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