Después de la inmersión en Pisa, nos dirigimos a Lucca, ciudad medieval cercana. Tras un paseo nocturno pasamos la noche en el albergue estatal. No sé si he pasado nunca más calor durmiendo que en el cuarto que me asignaron esa noche. Lurdes tuvo más suerte en el suyo. Ambos coincidimos con peregrinos de camino a Roma; Lucca debe ser un camino habitual.
Nos sorprendió mucho Lucca, por la gran vida que tiene y por la riqueza medieval de su construcción. Cabe resaltar que no encontramos ningún árbol por sus calles, ya que en la zona antigua, toda ella cerrada al tráfico, el suelo está completamente formado por bloques de piedra, igual que las casas y palazzos, lo que da idea de la riqueza que tuvo en su momento. También nos sorprendió la catedral con su fachada asimétrica y lo bien integrada que está la historia y la vida en las ciudades italianas. No en vano la población de Italia casi dobla a la española, y creo que las ciudades, incluso las no principales, gozan de buena salud.
A media mañana nos dirigimos hacia Siena por la ruta larga, es decir, a través de la Toscana. Llegamos a Volterra al mediodía, justo a tiempo para dar una pequeña vuelta y comer algo ligerito. Hemos tomado la decisión de comer ligero al mediodía -un trozo de pizza, un panini, un refresco- y descansar algo más por la noche, con la cena. Por donde iba; Volterra es un pueblo situado en lo alto de una colina, dominando las vistas a los llanos toscanos que la rodean, con una artesanía importante sobre el alabastro. Nos gustó mucho y la recorrimos enterita.
Desde Volterra nos dirigimos hacia San Giuliano, otro pequeño pueblo medieval, tallado en piedra costosa y orgulloso de sí mismo, como lo demuestran las catorce torres que se elevan de las casas de los comunes. En su época hubo más de cien torres en el pequeño pueblo, pues los nobles competían por erigir torres cada vez más altas en señal de su poderío. Aunque sólo se conservan catorce hoy en día, la publicidad turística la pregona como la Manhattan de Italia.
Pude dedicar un buen rato a contemplar el ajetreo de la plaza del Duomo, sentado en las escaleras de la inclinada plaza junto a los mayores del lugar. Habituados ellos, llevaban cojines para hacer más llevaderas las charlas y favorecer los comentarios sobre los transeuntes y turistas. Desde esta privilegiada posición descansé y me refresqué a la suave corriente del atardecer toscano. Lurdes mientras tanto recorría la catedral, famosa por sus frescos. Tiene un aguante inigualable para el arte y la exploración; los que no, debemos detenernos a procesar las experiencias a la estela de su ritmo.
A última hora de la tarde entramos en Siena, otra ciudad monumental, llamada la cuna del gótico. El recorrido nocturno fue espléndido; esta ciudad está exquisitamente iluminada, realzando su gran riqueza medieval. Lurdes y yo encontramos un restaurante en la curiosa plaza del Campo, donde se encuentra el palacio ducal, con forma de concha y curvada. Bajo la imponente presencia de la torre Mangia estuvimos charlando hasta tarde, y tomando un helado con suerte suficiente para ver una tamborada en honor a uno de los barrios de la ciudad, pues en estos días Siena está de fiesta.
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