Tan desencantados quedamos del lago Garda que decidimos recortar en un día su visita para ampliar el tiempo a pasar en Milán. Así que hoy nos levantamos, recogimos las cosas para dejar el hotel en Garda (el dueno simpatiquísimo, por cierto) y nos acercamos antes de irnos a visitar las ruinas romanas de Sirmione, las llamadas Grutas de Catullo.
Estas ruinas corresponden a un complejo de casas y templos situados, astutos romanos, justo en el término de la península de Sirmione, con vistas de casi 360 grados sobre todo el lago. Nos resultaron interesantes, aunque nosotros, que hemos visto ya Roma y Atenas, hemos ya alcanzado tiempo atrás el techo de nuestra poca erudición en el tema. La visita sirvió además para perder de nuevo un par de litros de líquido corporal y tomar unas granizadas riquísimas.
Milán es una ciudad de gran historia, que llegó a ser capital del imperio romano. Fue destruida, abandonada y reconstruída varias veces, siempre surgiendo más poderosa e innovadora tras cada renacimiento. Después de la reunificacion de Italia, compitió con la mismísima Roma para ser la capital, y aunque no fue la elegida, sí es capital de facto en varios aspectos; el económico y cultural.
El hotel en Milán lo cogimos expresamente lejos del centro. De acuerdo a todos los comentarios que habíamos recibido, e incluso a las recomendaciones de las guías de viajes, no es aconsejable entrar con el coche al centro de Milán. Dejamos por tanto el coche en el hotel y nos desplazamos al mediodía al centro en autobús y luego en metro. Creo que hicimos bien.
Lo primero que vimos cuando salimos del metro fue la tremenda catedral de Milán, una fachada inmensa y blanquísima decorada con cientos de estatuas y ornamentos. Personalmente, no creía que fuera a impresionarme tanto como lo hizo. Tanta es su riqueza y complejidad que tardó más de seiscientos años en completarse.
El interior está pensado para sobrecoger. Tiene una planta de cinco naves -hecho poco habitual, lo acostumbrado es tres- y un techo altísimo; en las naves laterales hay vidrieras estrechas pero muy alargadas de una gran belleza. Dedicamos largo rato a descubrir las historias en ellas talladas, y a deleitarnos con los colores deslumbrantes de la vidriera trasera por la que entraba el sol de la tarde. El presbiterio era simple pero elegante. Circular, elevado con escaleras concéntricas, un simple altar en su centro otorga toda la relevancia al rito en sí más que a los ornamentos y decoraciones.
Salimos de ella muy impresionados. Cruzamos la cercana galería de Victor Manuel, que celebra la unificación de Italia, y nos dirigimos hacia el distrito noroeste, donde cruzamos a través del castillo de los señores feudales milaneses (los Sforza) y paseamos un rato por un parque coronado por un arco del triunfo napoleónico. En el interín nos picaron abundantes bichos, eso sí. Milán rebosa vida por sus calles, y se nota que es una ciudad tocada por la moda. Lurdes estaba (me dice en estos momentos que hay una expresión francesa para ello,
lache vitrine) muy sorprendida por los modelitos que llevan las chicas, sobre todo las que van en bici. Ella también me hizo notar la gran cantidad de mujeres árabes, cubiertas por sus negros ropajes de pies a cabeza, que entraban y salían de las más famosas tiendas de moda.
Tras buscar infructuosamente durante más de una hora un lugar decente para cenar -en Milán son corrientes los viajes de negocios, y muchos locales ajustan sus precios pensando en ello- nos tomamos unos kebab y nos volvimos tan panchos al hotel muy contentos por haber descubierto esta ciudad tan interesante.