Sí, la ciudad del amor, y de Romeo y Julieta. No esperábamos mucho de esta ciudad tras haber visitado ya unas cuantas del mismo estilo -renacentistas, medievales, romanas- pero la verdad es que Verona nos sorprendió mucho, y no sólo por el mito de los amantes. Con un casco historico muy cuidado y ajetreado pero no demasiado, encontramos muchas cosas que ver. El colosal anfiteatro romano, el segundo más grande de Europa, centraliza la atención nada más llegar. Sin embargo reservamos su visita para la noche, pues tenemos compradas entradas desde Junio para la ópera Aída del festival de verano.
En vez de eso nos dirigimos hacia las plazas renacentistas y medievales de Signori y del Erbe. En la primera, una estatua de Dante observa la alta torre Lamberti y las cercanas tumbas de una de las poderosas familias locales, los Scaligeri (de los que también hemos encontrado rastros en el lago Garda). En la segunda, encontramos varias fuentes y un mercadillo local con la virgen del pueblo, que en realidad, es una antigua figura romana.
En una calle cercana entramos a la llamada casa de Julieta, de la casa de la familia de los Capella -de ahí viene el nombre teatral de Capuleto. Nos divertimos leyendo los fragmentos de la obra de Shakespeare y las diversas pinturas que recuerdan el mito.
Sin poder parar recorrimos después varias iglesias importantes de diversos periodos históricos y el teatro romano. El calor hizo estragos en nosotros y acabamos rendidos, con apenas tiempo suficiente de tomar un pequeño almuerzo-cena y un café como antesala de la ópera.
Aída es un enrevesado folletín egipcio donde el capitán de la guardia, el faraón y su hija, y los esclavos etíopes se entremezclan al ritmo que marca Verdi. Nos gustó la escenografía y el colorido; una inmensa piramide móvil dominaba el antiguo escenario romano, y la numerosa corte del faraón nos deslumbró con sus coreografías. Aún no terminamos de coger el gusto a esta modalidad teatral -sin el libreto no nos hubiéramos enterado de nada- pero el escenario y el momento sí fueron muy aprovechados. El culo, eso sí, se resintió tras las casi cuatro horas de suplicio sobre las gradas de piedra.
Volvimos a Garda a tiempo para tomarnos unas cervezas, refrescarnos y descansar hasta bien entrado el día siguiente.
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